domingo, 3 de junio de 2012

Novela Histórica (Ensayo sobre El General en su Laberinto) 10 y 11


BOLÍVAR: ENTRE LA GLORIA Y LA DERROTA 

Por: John Jairo Echavarría Cañas



          A continuación, se pretende hacer un análisis literario desde la obra histórica y literaria que abarca a la figura de Bolívar, para ello se abordará la novela de García Márquez “El General en su Laberinto”, a la vez que se propondrá el análisis intertextual desde otros textos que trabajan la figura de dicho personaje, como: Algunos poemas épicos sobre la figura de Bolívar y el ensayo literario de William Ospina  “En Busca de Bolívar”. Vale la pena aclarar que la intención es que dicho análisis se debe centrar en los elementos históricos que fundamentan la novela desde la verosimilitud.

          Al interior del análisis, también se tendrán en cuenta elementos, como: La presencia de anacronismos y la  utilización de  la analepsis y la prolepsis, como elementos narratológicos que configuran el desarrollo de la historia y que en el relato, se enmarca particularmente desde la técnica analéptica.

          En este sentido, las diferentes obras propuestas para dicho trabajo, ponen de manifiesto la importancia de abordar a Bolívar no solamente desde la figura de héroe, sino también desde momentos o espacios que los tratados históricos no suelen tratar, generando a la vez un sentido de conciencia importante sobre nuestra propia historia.

          Con base en lo anterior, Latinoamérica no puede desdibujar sus principios ancestrales, ya que se suele valorar las cosas procedentes de otras culturas, como es el caso de los héroes o de  diferentes personajes que han sobresalido en la historia y en la literatura.

          Así pues, Bolívar es un excelente ejemplo de la anterior aseveración, dado que en muchas ocasiones no suele dársele el mérito y la gloria que este personaje merece, para ello, se pretende traer como asunto analógico, literario y melódico una estrofa del poema de Edgardo Ubaldo Genta, cuyo nombre es “La Epopeya De Bolívar”:

¡Y entre los campeadores el primero!

¿Cuándo gran siglo dio mayor guerrero?,

Magnánimo en la paz y en la lid fiero

¿Cómo tú? ¿Quién gozó tantos loores,

palmas y nombres áuricos?...

perfiles de siniestros resplandores:

César, Aníbal, Alejandro Magno

Y Napoleón ¿Qué son?... ¡conquistadores!

mas si orfebre divino los quilates

del hombre juzga por su claridad

¡ya deslumbran tus grandes pensamientos!

¡ya ciegan tus quinientos

prodigiosos  combates

por el reinado de la libertad!

y pues tú mismo desde el cielo mides

las potestades por su resplandor

¡dinos se desde allá se ve mayor

la talla de otros lucios adalides

cuando gritamos: el ¡LIBERTADOR!



          Sin duda alguna Bolívar es la expresión onírica e histórica del héroe encarnado en las necesidades de su pueblo, la hazaña bolivariana es tan grande como cualquier ejemplo de las epopeyas o de las obras épicas, no hay nada que envidiar de los textos más representativos del canon mundial, ya que Bolívar constituye el principio libertador de hasta 5 países, los cuales recuerdan a este personaje como el artífice de la emancipación en contra de España. Así  el título del libro de Ospina (2010) “En Busca de Bolívar” no precisamente invita a hallar al libertador en las principales plazas de las ciudades del país, abandonado como ornamento para las palomas, sino que por el contrario, a Bolívar hay que hallarlo en las manifestaciones literarias de los pueblos que se niegan a estar bajo la subordinación de todo aquello que puede ser maléfico, hay que encontrarlo en las ganas y la lucha que día a día muchas personas en Colombia y en Latinoamérica tienen para salir adelante, se encuentra en los corazones de las personas que aman la libertad.

          Este Bolívar, es planteado como un ser muy adelantado para su época, es decir sus pensamientos y acciones evocaban principios que sólo serían registrados a lo largo del tiempo, es el caso de la situación actual de Bolivia, la cual tiene serios conflictos con sus vecinos, por un asunto que Bolívar ya había vaticinado, respecto a circunstancias de soberanía entre este país, Perú y Chile.

          Bolívar expresa mucho más de lo que fue, él mismo trascendió la encarnación antropológica de un ser y se convirtió en un concepto, en un ideal, el cual tiene infinidades de evocaciones de diversos autores, como José Martí, quien se refirió a él así:

“Bolívar quema y arroba. Pensar en él, asomarse a su vida, leerle una arenga, verlo desechado y jadeante en una carta de amores, es como sentirse orlado de oro el pensamiento. De Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna. Vivió como entre llamas y lo era. Ama, y lo que dice es como florón de fuego. Amigo, se le muere el hombre honrado a quien él quería y manda que todo cese a su alrededor. Enclenque, en lo que anda el posta más ligero, barre con un ejército naciente todo lo que hay de Tenerife a Cúcuta… como los montes, él era ancho en la base, con las raíces en las del mundo, y por la cumbre enhiesto y afilado, como para penetrar mejor en el cielo rebelde. Se le ve, golpeando con el sable de puño de oro, en las puertas de la gloria”.



Teniendo en cuenta las anteriores miradas literarias sobre Bolívar, se abre la senda, para que este texto se constituya en una manifestación metaliteraria, donde la obra misma se ejemplifique desde la historia misma y la literatura. Y es en este orden de ideas que se plantea la importancia de abordar a Bolívar desde la novela garciamarquiana “El General en su Laberinto”, puesto que la mirada que hay del libertador, aunque no se aleja de la gloria y el homenaje, sí constituye  una visión diferente de la mayoría de textos que abordan a Bolívar de manera gloriosa y heroica.

Con la intención de abordar la obra más minuciosamente, se proponen los siguientes elementos, los cuales corresponden a un análisis del argumento de la obra: La novela está escrita en tercera persona con presencia de analepsis a eventos específicos de la vida de Simón Bolívar, es decir hay referencias relevantes a eventos históricos.

El relato inicia el 8 de mayo de 1830 en Santa Fe de Bogotá. El General se está preparando para su viaje hacia el puerto de Cartagena de Indias, con la intención de dejar Colombia para ir a Europa. Luego de su dimisión como Presidente de la Gran Colombia, las gentes de los territorios liberados por él se le han vuelto en contra, garabateando grafitis en contra de Bolívar y tirándole basura. El General está ansioso por irse, pero tiene que recordarle al Vicepresidente electo, General Domingo Caicedo, que todavía tiene que recibir un pasaporte válido para dejar el país. El General deja Bogotá con los pocos oficiales todavía fíeles, incluido su confidente y ayuda de campo José Palacios. Al final del primer capítulo el General es llamado por su pleno título, General Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, por única vez en la novela.

La primera noche del viaje, el General se detiene en Facatativá con su séquito, que consiste en José Palacios, cinco ayudas de campo, sus secretarios y sus perros. Allí, como en el viaje que sigue, la pérdida de prestigio del General es evidente; los reveses de su fortuna lo sorprenden hasta a él mismo. Su enfermedad no identificada lo ha llevado a un deterioro físico que lo vuelve irreconocible y su ayuda de campo es constantemente confundido con el Libertador.

Tras muchos retrasos el General y su grupo llegan a Honda, donde el Gobernador, Posada Gutiérrez, ha organizado tres días de fiestas. En su última noche en Honda, el General vuelve tarde al campo y encuentra a una de sus viejas amigas, Miranda, esperándolo. El General recuerda que quince años antes ella supo de un complot para atentar contra su vida y lo salvó. A la mañana siguiente, el General empieza el viaje por el Río Magdalena. Su debilidad física y su orgullo resultan evidentes mientras lucha con la cuesta hacia el muelle: necesitaría una silla de manos, pero se niega a usarla. El grupo se queda una noche en Puerto Real, donde el General dice ver a una mujer cantando. Sus ayudantes de campo y el vigilante llevan a cabo una búsqueda, pero no encuentran señal alguna de que haya existido una mujer en las proximidades. Desde la mirada crítica literaria, el fenómeno analéptico en la obra enmarca un viaje de retorno, desde lo más alto hacia lo más elemental e inevitable de la existencia del ser humano; la muerte, la cual al fin de cuentas se manifiesta sin respetar credos, alcurnias, estratos, nacionalidades, razas, etc. 

Posteriormente, Bolívar y su séquito llegan al puerto de Mompox. Aquí los para la policía, que no reconoce al General. Piden su pasaporte, pero no tiene ninguno. Finalmente la policía descubre su identidad y lo escolta puerto adentro. La gente sigue creyéndolo Presidente de la Gran Colombia y prepara banquetes en su honor, pero estas fiestas son desperdiciadas a causa de su falta de fuerzas y de apetito. Tras varios días el General y su séquito parten rumbo a Turbaco.

El grupo pasa una noche insomne en Barranca Nueva antes de llegar a Turbaco. Su plan original era él de continuar hasta Cartagena al día siguiente, pero informan al General que no hay buques disponibles con rumbo a Europa desde ese puerto y que su pasaporte no ha llegado aún. Durante su estadía en la ciudad, recibe una visita del General Mariano Montilla y algunos otros amigos. El deterioro de su salud se hace cada vez más evidente - uno de sus visitantes describe su rostro como el de un hombre muerto.[] En Turbaco, al General se une el General Daniel Florencio O'Leary, del que recibe información sobre las maquinaciones políticas en curso: Joaquín Mosquera, nombrado sucesor como Presidente de la Gran Colombia, ha asumido el poder pero su legitimidad es todavía rechazada por Cartagena. El General recuerda que  "su sueño empezó a derrumbarse el mismo día en que se cumplió"[ ]

Bolívar por fin recibe su pasaporte y dos días después parte con su séquito hacia Cartagena y la costa, donde se organizan nuevos festejos en su honor. En todo este tiempo es rodeado por mujeres, las cuales tratan de seducirlo, pero él está demasiado débil para tener relaciones sexuales. El General queda muy afectado cuando oye que su buen amigo, al que hubiera preferido como sucesor a la presidencia, el Mariscal de Campo Antonio José Sucre, ha sido asesinado en una emboscada.

Uno de sus ayudantes de campo le dice al General que el General Rafael Urdaneta se ha hecho con el gobierno de Bogotá, y que hay informes sobre manifestaciones y revueltas a favor del regreso de Bolívar al poder. El grupo del General viaja a la ciudad de Soledad, donde se queda durante más de un mes, mientras su salud sigue declinando. En Soledad el General acepta por primera vez ver a un médico.

El General no deja nunca a América del Sur. Termina su viaje en Santa Marta, demasiado débil para continuar y con sólo su médico y sus ayudantes más cercanos a su lado. Muere en la pobreza, sombra del hombre que libertó gran parte del continente. El diagnóstico del médico determinó que la tuberculosis se había complicado con las inclemencias del clima y las largas jornadas que el libertador tuvo que soportar en sus viajes. La figura libertadora del prócer mayor y padre de varias naciones sudamericanas, el cual fue perseguido por foráneos y los suyos también, fue diezmada por una enfermedad que fue mortal en el siglo XIX. 

Desde la mirada anterior, esta novela garciamarquiana se concibe entonces como una excelente ejemplificación de la nueva novela histórica latinoamericana, ya que en ella, son evidentes las características que Seymour Menton en La Nueva Novela Histórica Latinoamericana” (1993) platea como indispensables a la hora de entender dichas manifestaciones literarias, así: La presencia de figuras retóricas, son elementos que en la obra garciamarquiana aparecen constantemente, puesto que el realismo mágico fundamental y reiterativo en los textos de García Márquez por lo general está en consonancia con los recursos estilísticos; manifestaciones por medio de la palabra evocando un asunto real, desde la cosmovisión trascendental surrealista, aunque la obra no sea la mejor ejemplificación del realismo mágico. No obstante, el autor ha gozado desde sus orígenes de una rica prosa y manejo especial del lenguaje.

La presencia de los anacronismos en la obra, marcan la distancia entre el tiempo de la historia y el tiempo de escritura, es decir el tiempo del relato y el tiempo del autor, elementos narratológicos que en las nuevas novelas históricas se caracterizan por tener una amplia distancia temporal.

Otra de las características de vital importancia según dicho crítico que se evidencia en la obra garciamarquiana, consiste en la presencia ficcional de grandes personajes y en esta ocasión sin duda Bolívar constituye uno de los personajes más importantes de la historia reciente de la humanidad. Él mismo se hacía llamar junto a Jesús y al Quijote “los tres grandes majaderos de la historia”. Sin duda alguna este personaje amado por muchos y odiados por otros está abordado por la literatura desde las cosmovisiones heroicas y antagonistas, aunque suela abordarse con más intensidad desde la primera primicia.

Así, Pablo Montoya en Novela Histórica en Colombia 1988 – 2008 entre la Pompa y el Fracaso, arguye con vehemencia sobre el asunto en cuestión:

“Sin desconocer algunos contornos burlescos que rodearon el último viaje de Bolívar, García Márquez indaga más bien sobre las circunstancias que empujaron al héroe hacia la derrota. La novela nunca pone en duda este heroísmo a pesar de insistirse siempre en las honduras de su desfallecimiento. Para su narrador, el supremo encanto de la vida del general es su fracaso; recalca siempre en los “años de guerras inútiles y desengaños del poder” vividos por el Libertador. Este último sabe que su nombre será “vituperado y su obra pervertida en la memoria de los siglos”.

            Finalmente, El General en su Laberinto es una manifestación derrotada del ideal heroico diversamente trabajado en muchas novelas como: El Insondable, Las Cenizas del Libertador, Las Lanzas Coloradas, entre otras. En este orden de ideas, García Márquez con el General en su Laberinto, logra continuar la obra de Álvaro Mutis El Último Rostro, pero también logra acertadamente plasmar una manifestación literaria diferente y maravillosa del Libertador, siendo esta característica uno de los elementos más atractivos de la novela en comparación con otras obras novelísticas que se han escrito sobre “El Libertador”.







Referencias

·         GARCÍA MÁRQUEZ, G. (1989) El General en su Laberinto. Bogotá: Editorial Sudamericana

·         MONTOYA, P (2009) Novela Histórica en Colombia 1988 – 2008 entre la Pompa y el Fracaso. Medellín: Editorial de la Universidad de Antioquia

·         OSPINA, W (2010) En Busca de Bolívar. Bogotá: Editorial Norma

  • UBALDO, E. (1973) Antología. Cantos a Bolívar. Bogotá: Impreso en Canal Ramírez.




lunes, 14 de mayo de 2012

HISTORIA Y LITERATURA

Estudiantes de 10 y 11
“La idea es que consignen estos apuntes en sus cuadernos, porque constituyen uno de los insumos teóricos que trabajaremos durante este periodo de acuerdo a lo que ya les he dicho durante las clases.

El análisis que van a realizar en el cuaderno  consiste en la elaboración de un texto mínimo de una página, teniendo en cuenta los apuntes del primer periodo y la lectura del texto en cuestión, donde deben dar cuenta de su competencia lectora, elaboren preguntas de aquello que no comprendan, pero primero debatan con sus compañeros, para ello deben trabajar en grupos de tres personas y cada uno en su cuaderno”

Walter Scott


Novela histórica:

El subgénero de novela histórica se plantea en el romanticismo, durante el siglo XIX. A partir de dos ejes: Tradición y romance español y francés, de libros de caballería y también de la novela gótica inglesa (Frankenstein, Drácula, El Retrato de Dorian Gray, entre otros). A mediados del siglo XVIII,  Walter Scott se consolidó como el primer escritor de novela histórica 1819-1820.

La estructura de la aventura es un fundamento claro en las novelas históricas, lo cual es tomado de los libros de caballería. Además, la presencia descriptiva de escenarios históricos y el tratamiento de los personajes.

En esa misma línea, el discurso ficcional de la novela histórica está permeado por lo maravilloso y la verosimilitud, es decir aquello que no tiene que ser verdad, pero que sí debe ser creíble, en esta anterior premisa radica uno de los elementos diferenciadores entre la historia y la literatura. La historia asume los hechos del pasado como reales y verdaderos, la literatura no asume esos hechos como verdades absolutas, por el contrario el discurso literario se centra en que lo que se dice sea creíble, es decir verosímil, aquello que es posible, mas no real. Es una mezcla entre lo histórico verdadero y lo inventado falso.

Otro asunto relevante de la novela histórica, es que posee una dimensión ideológica, va al pasado por intereses de una comunidad, ya que la historia es la enseñanza del pasado de los individuos, además de la utilidad moral  donde dicho discurso histórico literario debe ayudar a que la nación sea mejor desde preceptos sociológicos, axiológicos y ontológicos.

Así, la novela histórica da una versión de los hechos del pasado, aunque algunos teóricos como Seymour Menton plantean que el tiempo del escritor debe ser diferente al tiempo del relato, puesto que lo histórico se consagra es precisamente a través del tiempo. Ante esta cuestión hay diferentes posturas teóricas, ya que n o hay una aclaración respecto a cuánto debe ser la distancia entre el tiempo del escritor y el tiempo del relato, y entiéndase como tiempo del relato a aquel que se vislumbra como espacio temporal en el cual los personajes desarrollan sus acciones.

Ahora, los hechos tienden a recrearse respetuosamente, irónicamente desmitificando el relato o los personajes, para indagar, exaltar o hacer parodia del discurso histórico.

La función del subgénero (novela histórica) varía según la época. No sucede lo mismo con las primeras novelas históricas románticas, en comparación con las novelas históricas contemporáneas, por lo cual Walter Scott tomando como referencia la novela histórica, plantea que ésta es una continuidad de la novela realista inglesa, puesto que en las novelas del siglo XIX no son tan evidentes los héroes plasmados durante los siglos anteriores y particularmente durante la edad media por medio de la epopeya, la cual se constituye como el subgénero que antecede a la novela.

Lo más importante en Scott es resucitar los elementos humanos y sociales que propiciaron los hechos históricos, los asuntos secundarios, los personajes medios, aquellos que no son tan importantes. Es el caso de la novela de Víctor HugoNotredame de París”, la cual equívocamente fue adaptada por Walt Disney con el nombre de “El Jorobado de Notredame”

En la novela de Víctor Hugo, está la ejemplificación de los elementos scottianos planteados anteriormente, la obra se centra en un personaje secundario y en la importancia de la catedral de París en los intereses de los habitantes de dicha ciudad.

De esta manera, empezamos a adentrarnos en la teoría literaria acerca de la novela histórica, no deben olvidar que la reflexión en torno a los elementos históricos y teóricos debe ser constante.
 John Jairo Echavarría Cañas

Además de realizar los compromisos pendientes, deben consultar, qué es y dar ejemplos sobre:

·         Novela Gótica

·         Novela romántica

·         Novela inglesa


sábado, 5 de mayo de 2012

Literatura Prehispánica (Grados novenos)

Recuerden estudiantes de noveno que deben leer y desarrollar un análisis individual en sus cuadernos, en ningún caso vayan a realizar un resumen, lo que se pretende es que cada uno escriba lo que entendió, que elaboren preguntas al texto, que escriban aquello que les llamó la atención o que quizás no les haya gustado. Ánimo, sean responsables desde el primer ejercicio del segundo periodo.

 

Literatura Prehispánica



 

REFLEXIÓN LITERARIA

Popul Vuh es considerado por muchos el texto escrito más antiguo de la humanidad, en éste se trata de explicar o contar de alguna manera el origen del mundo, la civilización y los diversos fenómenos que ocurren en la naturaleza, a partir del mito como manifestación literaria y filosófica de la relación del hombre con el universo y en este sentido como principio emancipador de la realidad y la ficción, buscando revelar la verdad del cosmos vehiculizada por medio de la palabra. Este es el libro sagrado de los Mayas Quiché, una sociedad indígena que habitaba en Centroamérica, especialmente lo que es ahora México y Guatemala.

En éste orden de ideas, el concepto de descubrimiento de América no es más que un sofisma, una gran mentira de la historia, ya que según estudios arqueológicos y antropológicos, la vida en América antes de la llegada de los ingleses, franceses, portugueses, españoles e italianos, contaba con sus propias raíces étnicas, dejando así una esencia que alcanza a percibirse en la actualidad, pero que desafortunadamente se ha ido perdiendo por motivos de diversas causas y de la propia colonización.

Los pueblos de América Latina comparten un territorio, pero también comparten la historia, la lengua, la cultura, además de las desgracias y las glorias, al punto de reconocer que las problemáticas de un país son también las problemáticas de las demás naciones, es el caso de la actual discrepancia que hay entre Colombia y sus vecinos. América Latina es un vecindario, desde las tierras frías de la Patagonia hasta las cálidas y peligrosas planicies del Río Bravo en el norte de México. Los países latinoamericanos, tal cual como los conocemos hoy, han debido pasar a lo largo de la historia por muchas vicisitudes, son pueblos híbridos, según los definía Néstor García Canclini, que han reflejado sus historias en la riqueza literaria particular y colectiva. La literatura en este sentido, es considerada como el reflejo en el espejo de la historia y es ésta al fin de cuentas la que contará a través de los siglos las vivencias y los hechos de la humanidad.

Colombia en el vecindario latinoamericano no ha sido ajena a este fenómeno y por el contrario ha sido considerado como uno de los países más influyentes de la región. La historia de Colombia ha sido permeada por diversas problemáticas, las cuales fueron plasmadas desde la literatura y esta última la que ha dado cuenta del largo y conjetural proceso de desarrollo presente desde la colonia hasta la actualidad.

Muchas de las obras de la literatura Colombiana se han centrado en los hechos sociales y éstos han estado subordinados a diversos contextos espaciales , cronológicos y situacionales, es por ello que es posible encontrar en diferentes obras, temáticas sobre violencia, racismo, cultura, economía, política, entre otras. Sin embargo, en este diálogo histórico, también es posible encontrar temas sobre el amor, los valores, la familia, lo cual es reflejado en muchas de las obras importantes, como: María de Jorge Isaács y La Marquesa de Yolombó del maestro Tomás Carrasquilla.

Sólo en Colombia se puede dar cuenta de una riqueza literaria impresionante, la cual denota que Latinoamérica es una novela con novelistas que está firme en los cimientos de la literatura universal, pero que corre peligro porque a los jóvenes de la actualidad la literatura le es enseñada obligatoria y descontextualizadamente, un desacierto donde la familia, la escuela y la sociedad son responsables



LITERATURA COLOMBIANA

JOHN JAIRO ECHAVARRÍA CAÑAS

sábado, 31 de marzo de 2012

El Beso de la Noche

"Para continuar con el estudio de los elementos narratológicos (grados novenos), se propone continuar con  la saga de relatos de la obra del Doctor en Literatura, escritor, novelista, poeta y ensayista Pablo Montoya. En esta oportunidad se continúa con El Beso de la Noche, un cuento que además tiene el mismo nombre del libro.

Así, el tema de ciudad (Medellín), las diversas temáticas, algunas aberrantes, otras más cotidianas, fundamentan en esta obra un interés estético por hablar de lo mismo que han hablado muchos, pero desde la belleza y sutileza que la literatura permite evocar"

John Jairo Echavarría Cañas


El Beso de la Noche
Oscura madre
Tú que gravitas, tú que antecedes
Eugenio Montejo
Mario no era el único hijo. El otro, que vivía fuera de la ciudad, nunca los visitaba. Pero su colaboración económica llegaba cumplida. De él sólo sabían por ese gesto mensual. Mario constataba, en todo caso, que los lugares desde donde se remitía el dinero cambiaban con frecuencia. Suponían que Carlos trabajaba como comerciante. A veces pensaban que era uno de esos inmigrantes que iban de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, buscando algún empleo en el país del norte.

Mario pagaba, con el dinero de su hermano, los oficios de una sirvienta. Ella era de uno de los barrios montañosos del occidente. De la mañana al anochecer, y de lunes a sábado, permanecía en la casa donde hijo y madre convivían. Mario, suave en sus maneras, había sido explícito en lo que la sirvienta debía hacer. Lo principal era encargarse de su madre y satisfacerle cualquier capricho. Debía bañarla, vestirla, darle de comer. El resto del tiempo él se ocupaba de todo.

Habitaban una casa próxima al parque de Boston en Medellín. Era la herencia dejada por un padre que había desparecido sin dejar mayor rastro. En el cuarto, donde yacía paralizada la mujer, nacieron los hermanos. En las otras piezas, en el zaguán y el patio con el mango, crecieron los dos niños en medio de una suerte de estupor silencioso. Siempre vigilados por los ojos de una mujer que nunca cesó de maldecir al hombre que, sin ninguna explicación, se había esfumado de la tierra. El oficio de su padre consistió en vender máquinas de escribir Remington en pueblos de Antioquia. Una mudez magra, los ojos zarcos, el cabello rubio que peinaba hacia atrás con gomina fueron sus rasgos más ostensibles. Lo circundante parecía preocuparle poco, pero nunca manifestó desdén por la mujer y los hijos. Al contrario, mantenía una distante cortesía con ellos y se preocupaba de que vivieran con cierta comodidad. Sin embargo, un día, como si fuese parte de un destino prefigurado por las maneras mudas del hombre, se produjo la ruptura. El mayor daba los primeros pasos y Mario acababa de nacer, cuando el padre desapareció.

Atravesaron adolescencias disímiles. Carlos, más afecto a la calle y al trabajo. Desde esa edad, poseía un talento empírico que le permitió desenvolverse con pericia en las labores de la electricidad y la plomería. Mario, en cambio, se extravió en la timidez de un temperamento ausente que provenía del padre. Y, como si recibiera un mandato de la sangre, se adhirió a su madre con tenaz fidelidad. Mientras el uno surcaba Medellín en procura de dinero, el otro se dedicó a leer febrilmente, a conseguir libros, a escribir poemas ayudado por una de las Remington. Pues, como si se tratara también de un distintivo atávico que habría de corresponderle, una de las máquinas de escribir se había quedado varada en un rincón de la casa.

Un día Carlos avisó su partida. Se largó, aburrido de la ciudad y fastidiado por los jornales mezquinos. Durante años no se supo nada de su paradero. Alguien dijo que manejaba lanchas clandestinas en las costas de Urabá. Otro contó que limpiaba vidrios en los rascacielos de Panamá. Uno más dijo que había logrado coronar el hueco de la frontera mexicana. A veces Mario y su madre evocaban al aventurero con palabras que no manifestaban asomo de nostalgia. Con el tiempo se fue edificando entre ellos un tácito acuerdo. No era necesario divagar sobre alguien que parecía haber seguido las huellas del progenitor. Empero, cuando la madre cayó enferma, empezó a llegar el dinero con el cumplimiento que jamás habría de faltar.

La casa poseía tal amplitud que, así se cruzaran algunas palabras entre sus residentes, planeaba en sus ámbitos un silencio inquietante. Ese silencio se había tornado más espeso desde que la madre enfermó. Una parálisis sin señales previas la cimbró en la cama una mañana, y resultaron inútiles los esfuerzos para hacerla caminar. Primero fueron las piernas que se encogieron como si una orden implacable las hubiera conminado a la quietud. Al cabo de unos días, los brazos asumieron un perfil similar. Pasada la perplejidad, la mujer se hundió en el despecho. No demoró en forjarse un resentimiento contra su destino que ni las atenciones más solícitas de Mario hacían desaparecer. Pero ella reconocía que su hijo no sólo era su único consuelo, sino la eficaz posibilidad de apresurar el tiempo que le restaba. Y había instantes en que su aspereza daba paso a una ternura que Mario recibía con felicidad.

Con la sirvienta ella era pródiga en invectivas. Le decía a su hijo que la echara y no la torturara con ningún otro engendro. Que no había menester de nadie más y que los dos podían enfrentar solos, en la casa y separados del mundo, la única realidad que les correspondía. En estos momentos, Mario tomaba la mano inmóvil de su madre y la besaba. Pero ella incrementaba sus lamentaciones. Decía lo tosca que era la sirvienta cuando la cargaba para llevarla al baño. El agua con que la lavaba, insistía, era demasiado fría o demasiado caliente. Le atiborraba la boca con sopas saladas y carnes duras. Mario procuraba calmarla. Le acariciaba la frente, le secaba las lágrimas y aprovechaba para peinarle la abundante cabellera cubierta de vetas grises. Cuando comprendía que obraba el somnífero prescrito, la cubría con las cobijas e iba sintiendo una dicha secreta al saber que el cuerpo protegido del sereno también era suyo. Más tarde lo extrañaba el eco escuchado a través de los pasillos. No creía que fueran sus propios pasos que regresaban a la pieza donde escribía poemas en medio de montones desordenados de libros.

La sirvienta ejecutaba bien las labores. Era una mujer ajena a la imprudencia. Sus ademanes medrosos se fundían en un légamo generacional de seres que habían apurado sus vidas entre la estrechez material y la sumisión. Mario la trataba con una afabilidad lejana y le pedía paciencia con su madre. Intentaba, además, no estar junto a las dos para evitar los alegatos de la una y el sometimiento de la otra. Y acaso no se habría desprendido de su compañía tan rápido, si no hubiera llegado la carta donde Carlos anunciaba su regreso. Mario, la noche de ese sábado en que leyó el mensaje, abordó a la sirvienta en el zaguán. Le dijo que su madre y él se irían pronto de la casa. Ella exhaló un gesto de sorpresa. Su mirada no logró levantarse del suelo. Mario pagó un dinero de más como liquidación. Le agradeció tomándola de la mano. Le dijo, incluso, que era una mujer buena. La sirvienta se asustó no por las palabras. Se asustó por las manos de Mario que sudaban en medio del temblor. Después, estremecido por una exultación desalada, el hijo no pudo dormir. Recorrió de un lado a otro los lugares de la casa. Hacia la medianoche empezó a llover. El hombre se desnudó en su cuarto y salió al patio donde recitó sus poemas con voz ansiosa. Dejó que la lluvia limpiara los sedimentos de duda que aún conservaba. Al final, antes de irse a dormir, miró el cielo. Y se dijo que pronto él sería una sombra fundida en la oscuridad de otra.

Los domingos eran los mejores días. De los aposentos se desalojaba la tensión que las dos mujeres habían construido a lo largo de la semana. La casa parecía el remanso esperado para que se departiera algo que aún poseía el sabor de la felicidad. Mario preparaba un baño de yerbas aromáticas. Ponía a su madre con diligencia en la bañera. Luego le esparcía las aguas de la yerbabuena, el toronjil y el espliego con una totuma de perfecta redondez. Ayudado de una esponja tersa, le estregaba cada rincón del cuerpo. Las extremidades encogidas, los senos melancólicos, el pubis desaliñado. Enseguida la vestía con alguno de los trajes preferidos por los dos. Le hacía el desayuno y le daba de comer. Más tarde la llevaba en la silla de ruedas al patio. La situaba un rato aquí y otro rato allá para que degustara la evocación de las estancias queridas. Mario, a veces, ponía en el tocadiscos bambucos añejos que ella todavía amaba. Una sola vez la llevó al parque de Boston, creyendo que así la mujer podría respirar un poco los vestigios de sus actividades pretéritas. Pero ella se sintió atropellada por el barullo del mundo. Esa tarde, con sus nervios destrozados, pidió que no la volviera a sacar de la casa. Mario obedeció este deseo hasta el último día que vivieron juntos.

A la hora del almuerzo, junto al mango del patio, él armaba el asador. Extendía las carnes y ponía algunas papas y trozos de plátano maduro. Ubicaba a su madre entre las materas de begonias que hacía tiempo nadie atendía. Se trepaba al árbol en dos o tres movimientos. Cogía algunos mangos biches, los partía en pedazos y los comían con sal y limón. Algo se estremecía en Mario al ver que ella recibía el fruto destrozado y con la lengua le lamía sus dedos empapados de acidez. El tiempo, pasado el almuerzo, transcurría en medio de una modorra embriagante. Él escuchaba los cantos a las acacias, a los guaduales, a las tierras labrantías. Y, recostado en una de las mecedoras, con los ojos cerrados, dejaba que la mujer roncara el sopor de la tarde. Cuando la tarde declinaba, y del mango surgían veloces aleteos y cantos de insectos nocturnos, Mario le leía sus poemas.

Los versos nombraban el lazo que los unía. Este era una complicidad de amigos, el deseo de un par de amantes recién encontrados, la esperanza en el sufrimiento que compartían dos esposos remotos. Había un poema en el que aguas inmemoriales surgían de la tierra y bañaban a un hombre y a una mujer que se metamorfoseaban entre sí. En otro, una raíz solitaria crecía en el fondo de una cueva húmeda. Mario, ese sábado, al enterarse que Carlos regresaba, decidió reunir los poemas esenciales. Los guardó cuidadosamente en un sobre donde escribió con letras deformes el nombre de su hermano.

Las diligencias no fueron muchas. Mario se tomó unos pocos días para hacerlas. Cada movimiento lo ejecutó sospechando que, al regresar a la casa, podría encontrar a Carlos con su madre. Al rozar los pliegues de la carta, que llevaba en el bolsillo, se imaginaba las manos del otro cargando el cuerpo, y eso era suficiente para afianzar la determinación que madre e hijo habían tomado. En la librería, donde Mario trabajaba, aceptaron su renuncia. Vendió sus propios libros al precio que quisieran darle. Canceló las deudas que tenía con sus pocos amigos. Luego compró un vestido para su madre y un traje para él. Arrojó la máquina de escribir en uno de los basureros del parque. Y, después de informarse de la mejor manera, pagó para que le consiguieran el veneno.

La mujer dormía, bajo el somnífero, cuando él entró al cuarto. Con delicada precisión la despojó de su pijama. Reconoció una inesperada frescura en la frente mientras iba poniéndole el traje. Éste, tal como lo habían decidido los dos, era blanco y sus flores estampadas susurraban la vitalidad de antiguos festejos primaverales. Mario llevaba uno de igual color. Su pelo estaba peinado hacia atrás con gomina y se había rasurado el rostro. Cuando estuvieron listos, la intentó despertar. Pero ella, a pesar de los empujones y las suaves palmadas que Mario le daba, no pudo emerger de su adormecimiento. El hijo fue al patio, desprendió hojas del mango, tomó begonias y armó una corona que puso sobre el cabello gris.

Como lo habían planeado, Mario evocó a Dios. Ofreció a su oscura integridad lo que ellos significaban. En ese momento hubo un amago de despertar en la mujer. Abrió los ojos y lo miró. Quiso decirle algo, pero de nuevo su cuerpo se sumergió en el sueño. Su boca quedó ligeramente abierta y en uno de los labios se formó una gota de saliva. Mario se acercó y la tomó con la lengua. Luego le suministró la dosis del veneno. Esperó a que todo en ella fuera quietud. Verificó la progresiva ausencia de las pulsaciones. Acarició sus cabellos, se inclinó y le dio el último beso. Entonces con una advenediza tribulación, Mario apuró su dosis. Sintió pánico de morir y un horror todavía más hondo de seguir viviendo. En medio de veloces fluorescencias, de un abismo que se le abría por todas partes, creyó escuchar toques en la puerta de la calle. Tomó los poemas. Los regó sobre la cama y el piso donde quedaban algunos libros extraviados. Tuvo fuerzas para coger el sobre y meter en él su cabeza. Unos segundos después, él también fue besado por la oscuridad.

El beso de la noche es un cuento inédito que hace parte del libro homónimo.

Pablo Montoya Escritor colombiano. Autor de novela, ensayo, cuento y poesía. Es profesor de literatura y coordina el Doctorado en Literatura de la Universidad de Antioquia, Colombia.pablo_montoya_001

domingo, 18 de marzo de 2012

Literatura Colombiana: Breve recorrido


Los  elementos fundacionales de la literatura colombiana, evocan irremediablemente  los tiempos anteriores a la conquista, es así como hay una ambigüedad de parte de los teóricos a la hora de establecer cuáles fueron las primeras manifestaciones literarias en Colombia. La literatura colombiana, como manifestación de cultura es, tropical y diversa. La lucha constante de los legados español, indígena y negro, y la lucha misma en contra de manifestaciones exteriores, producen en Colombia la constante búsqueda por una voz nacional, aunque sería muy importante primero establecer la búsqueda del elemento fundacional que identifica al pueblo colombiano como  una nación. A continuación, entonces se establecerán algunos de los momentos más relevantes de la historia literaria colombiana.

Literatura indígena
La voz indígena, poblado original Colombia, es paradójicamente la que menos sobrevive. La violencia de los conquistadores y sus esfuerzos por imponer sus costumbres causaron la pérdida de textos legendarios. Algunos de los textos sobrevivientes:
Leyenda de Yurupary. y también carros Narración de origen amazónico, escrita por el indio José Roberto y traducida al italiano por el conde Ermanno Stradelli. Yurupary es un héroe mítico, conocido en Brasil y Colombia.

Literatura colonial
La Época de la Colonia o Época Hispánica estuvo influenciada culturalmente por lo religioso . Para aquel entonces, mediados del Siglo XIX, se empezaban a establecer los primeros asentamientos urbanos, alrededor de las instituciones gubernamentales españolas. El capital económico, político y cultural era propiedad de una pequeña élite, por lo cual la creación de textos literarios provenía en exclusiva de las clases altas.
Criollos, hijos de españoles nacidos en el Nuevo Reino de Granada, y algunos españoles inmigrantes escribieron libros de diversas materias: desde literatura edificante hasta libros de ciencia, desde oratoria hasta historia y literatura. La mayoría de estos libros se publicaron en diferentes partes de Europa, y unos pocos en Lima y México, ciudades que contaban con imprenta desde el siglo XIV.
Los intelectuales españoles y criollos se enfrentaron a un nuevo mundo listo para ser retratado, por eso las primeras manifestaciones literarias sirven mayormente como crónicas, donde se da cuenta de las tradiciones, los quehaceres cotidianos y los hechos heroicos del nuevo continente.
Se destacan:
Juan de Castellanos (Sevilla, 1522 - Tunja, 1607) Sacerdote español, residente en Tunja por más de cuarenta años, autor del más extenso poema jamás escrito en lengua española, las Elegías de Varones Ilustres de Indias.

Juan Rodríguez Freyle. (Bogotá, 1566 - 1642) Autor de la monumental obra crónica El Carnero. De familia acomodada, hizo estudios en el seminario pero no se recibió como sacerdote. Hizo parte de las guerras de pacificación indígena. En la etapa final de su vida se dedicó a la agricultura.
Hernando Domínguez Camargo (Bogotá, 1606 - Tunja, 1659), sacerdote jesuita y escritor. Influenciado notablemente por el gran poeta barroco Luis de Góngora y Argote, haría parte del llamado Barroco de Indias, en donde también se ubica a Sor Juana Inés de la Cruz. Sus obras más reconocidas son su relato épico Poema heroico de San Ignacio de Loyola (1966) y Ramillete de varias flores poéticas (1967).
Pedro de Solís y Valenzuela, autor de El desierto prodigioso y el prodigio de desierto, considerada la primera novela hispanoamericana.1 2
Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla (Bogotá, 1647 - Madrid, 1708) era hijo de un oidor neogranadino y de la hija de un oidor de Quito. Desde muy temprano recibió formación religiosa y ejerció la vida política. Su obra fue recogida en el libro Rhytmica Sacra, Moral y Laudatiria. Al contrario de Domínguez Camargo, era un gran admirador de Francisco de Quevedo y era reticente con respecto al gongorismo, con la excepción de Sor Juana Inés de la Cruz a quien le escribió desconociendo que había muerto. Velasco y Zorrilla asume el nuevo lenguaje americano -sus modismos- con orgullo, por lo que se ha ganado el reconocimiento como 'primer poeta americano'. También se le atribuye ser precursor del neoclasicismo. Se destaca su poema Vuelve a su quinta, ah friso, solo y viudo en donde relata el triste reencuentro del hombre viudo con su hogar y cómo la ausencia de su amada transforma el ambiente para el que llega y para los que están.
Francisca Josefa del Castillo (Tunja, 1671 - 1742). Religiosa tunjana, reconocida como una de las autoras místicas más destacadas de América Latina, llegando a ser comparada con sor Juana Inés de la Cruz.

Literatura de la Independencia
La Batalla de Boyacá selló la independencia de Colombia.
La literatura colombiana durante los convulsionados años de la Independencia, así como todas las antiguas colonias españolas en el continente, se vio influenciada por el ánimo político, lo que determinó el pensamiento y el estilo de los autores criollos.
La literatura colombiana no deja de ser heredera de la hispánica y aquel sabor independentista e inconforme ante el estado de cosas coincide a la vez con el romanticismo en boga que dominaría todo el siglo XIX en Colombia. El de la Independencia se ha considerado como un período de transición entre el Neoclásico y el Romanticismo. Es un Romanticismo incipiente donde aparece la glorificación de la naturaleza americana, la exaltación de la lucha por la libertad, el canto a los héroes, la expresión de sentimientos apasionados.
Se destacan:

José Celestino Mutis (Cádiz, 1732 - Bogotá, 1808). El sacerdote y científico español es bien conocido por sus estudios botánicos y sus dibujos de la flora americana. También hizo estudios lingüísticos sobre los idiomas indígenas nativos. Su obra más conocida es Flora de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada : 1783-1816.
Francisco José de Caldas (Popayán, 1768 - Bogotá, 1816). Apodado El sabio por su erudición, escribió sobre la geografía del país.
Simón Bolívar (Caracas, 1783 - Santa Marta, 1830). El discurso político de entonces, liderado por el propio Libertador, marcaría fuertemente la vida literaria del país.
Antonio Nariño (Bogotá, 1765 - Villa de Leyva, 1823). Nariño representa al intelectual de la época, una figura fundamental en el naciente periodismo republicano, así como un importante actor político y militar. Su traducción de los derechos del hombre lo hizo ser castigado por el gobierno español.
Camilo Torres (Popayán, 1766 - Bogotá, 1816). Abogado, intelectual, político y prócer. Es famoso su Memorial de Agravios, un texto donde criticaba al gobierno español.
Durante este periodo se produjeron obras de teatro por dramaturgos como José María Salazar, José Miguel Montalvo, José Fernández Madrid, José Domínguez Roche.
Luis Vargas Tejada (Bogotá, 1802 - 1829). Fue fabulista, poeta, traductor y el más conocido dramaturgo de la época. Fue autor de varias obras como Sugamuxi, A mis Amigos, A mi lira, Recuerdo de Boyacá, La madre de Pausanias, Doraminta, Catón de Útica y la comedia Las convulsiones, representada en julio de 1828.
En la poesía, se produjeron versos satíricos, versos políticos, así como cantidad de versos en honor a la recién fundada patria.
José Joaquín Ortiz (Tunja, 1814 - Bogotá, 1892). Famoso por su poema "La bandera colombiana", escribe acerca de la patria, la naturaleza y los símbolos nacionales, entre otros.
La decisión unánime de los padres de la patria de proteger y promover el idioma español o castellano en el suelo nacional, evidencia la gran importancia que la época daba a la palabra. De allí que sea Colombia la primera nación hispanoamericana en fundar en 1871 la Academia Colombiana de la Lengua; Ecuador lo hará poco después en 1874 con la Academia Ecuatoriana de la Lengua y Venezuela en 1883 con la Academia Venezolana de la Lengua para completar el cuadro de las naciones neogranadinas e integrarse posteriormente en lo que hoy se conoce como la Asociación de Academias de la Lengua Española (Panamá conformará su propia Academia Panameña de la Lengua por obvias razones en 1923).

El costumbrismo
El mayor interés del costumbrismo era retratar la sociedad decimonónica colombiana (siglo XIX) en sus costumbres. Los costumbristas se ocuparon de señalar los rasgos generales de un pueblo a través de los personajes de sus relatos. En muchos casos, se asumió una postura crítica frente a la sociedad, pues constituye el retrato de los males de una sociedad por culpa del gamonalismo (caciquismo) y las guerras civiles. El costumbrismo no se puede separar completamente del romanticismo, ya que encontramos novelas con tramas románticas con toques naturalistas.
Algunos de los autores más importantes del periodo son:
José Eugenio Díaz Castro (Soacha, 1803 - Bogotá, 1865). Célebre por su novela Manuela, considerada en su época la novela nacional y una de las iniciadoras del género costumbrista en Colombia.
Jorge Isaacs (Santiago de Cali, 1837 - Ibagué, 1895). Su padre era un judío inglés procedente de Jamaica, que se instaló primero en el Chocó y después en Cali, donde se casó con la hija de un oficial de la Marina española. El padre fue propietario de la hacienda "El Paraíso", el escenario de la obra más importante del escritor, su novela María.
Eustaquio Palacios (Roldanillo, 1830 - 1898). Su obra más importante es El alférez real de corte histórico-romántico.
Luis Segundo de Silvestre (Bogotá, 1838 - 1887). Su novela Tránsito relata el encuentro de un joven de la capital, Andrés, y una campesina de la provincia, Tránsito.
Rafael Pombo (Bogotá, 1833 - 1912). Uno de los poetas románticos más importantes del continente, Pombo escribió fábulas célebres como El renacuajo paseador y La pobre viejecita.
Otras obras representativas de este movimiento son La marquesa de Yolombó de Tomás Carrasquilla, además de la extensa obra Reminiscencias de Santafé y Bogotá de José María Cordovez Moure.

El modernismo
El modernismo fue un movimiento literario que se desarrolló entre los años 1880-1910 a lo largo de Hispanoamérica que se caracterizó por una ambigua rebeldía creativa, un refinamiento narcisista y aristocrático, el culturalismo cosmopolita y una profunda renovación estética del lenguaje y la métrica.
José Asunción Silva (Bogotá, 1865 - Bogotá, 1896). Realizó su educación de forma autodidacta desde que abandonó los estudios en 1878. Viajó a París y vivió en Londres y en Suiza. Se suicidó tras el fracaso del negocio familiar y las consiguientes deudas, la muerte de su hermana y de su abuelo y la pérdida de gran parte de su obra en un naufragio. Lo más recordado de su obra son los Nocturnos.
José María Vargas Vila (Piedras, Tolima 1860 - Barcelona, 1933). Uno de los personajes más polémicos de principios del siglo XX en América, se caracterizó por sus ideales liberales radicales y la consecuente crítica contra el clero, las ideas conservadoras y la política imperialista de Estados Unidos.


Los nuevos
Los nuevos o los antiguos es un movimiento que contesta con la ironía, los vestigios del romanticismo y del costumbrismo precedente y que abriría las puertas al nuevo siglo, sobre todo en la década de los 20. El movimiento tiene por fundador al poeta antioqueño León de Greiff. Las características de este movimiento son: la negación del pasado, el amor por lo feo, la oscuridad, el romanticismo escondido, y el misterio, entre otras.

Piedra y cielo
El siglo XIX avanzaba en occidente al paso veloz de la industrialización, la literatura en Colombia como en Latinoamérica bien pronto se enriqueció con el surgir de movimientos que abrirían el abanico de las letras. De la década de los novísimos, se crea el célebre grupo de Piedra y cielo (1939) con personajes como Eduardo Carranza, J. Rojas, A. Camacho Ramírez, G. Valencia, C. Martín, T. Vargas Osorio y Daniel Samper. Rinde homenaje al poeta Juan Ramón Jiménez. Esta inspirado en la tradición clásica española, con voluntad de orden ante los excesos vanguardistas y creando el movimiento "piedracelista". Organizado como editorial, el grupo publicó los Cuadernos de Poesía de Piedra y Cielo.

El nadaísmo
El nadaísmo, fundado en los años 50 por Gonzalo Arango, fue un movimiento nacido de una época convulsa bajo la sombra de la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla. Su nombre recuerda el nihilismo y el dadaísmo y entre sus precursores están Gonzalo Arango, Eduardo Escobar, Jaime Jaramillo Escobar, Jotamario Arbeláez, entre otros

La generación del boom
Todo ese camino literario en Colombia, así como en todo el mundo hispanoamericano, llevaría entonces a lo que hoy se conoce como el boom latinoamericano, del cual hizo parte el premio nobel de literatura de 1982 Gabriel García Márquez. Hace parte del llamado realismo mágico y del movimiento de la literatura latinoamericana.
Por el mismo tiempo aparece Andrés Caicedo, quien no sólo estaba distanciado geográficamente del boom, sino que sus obsesiones eran más cercanas a la cultura relacionada con el cine y el rock n' roll, retratando problemáticas sociales urbanas y juveniles.

Generación desencantada
En realidad esta generación agrupa una franja amplia y ambigua de escritores, poetas posteriores al nadaísmo que comenzaron a publicar hacia la década de 1970. Poetas como Giovanni Quessep,Harold Alvarado Tenorio, Juan Gustavo Cobo Borda, Elkin Restrepo, José Manuel Arango, Juan Manuel Roca entre muchos otros, han sido clasificados en ella, aunque son más las diferencias de estilo, temática e incluso de ideología las que los separan.

Generaciones recientes
Algunos escritores como Cristian Valencia, Alberto Salcedo Ramos y Jorge Enrique Botero, han hecho periodismo literario; el segundo con una biografía sobre Kid Pambelé y el tercero con los libros Últimas noticias de la guerra y Espérame en el cielo, capitán. Ambos son una suerte de herederos de Germán Castro Caycedo y el mejor periodismo latinoamericano. En cuanto a narrativa, destacan nombres como Rafael Chaparro Madiedo, autor de Opio en las Nubes, novela que se ha hecho célebre por sus personajes, su temática alusiva al rock y su narrativa fragmentada y experimental. Héctor Abad Faciolince, Santiago Gamboa, Juan Sebastián Cárdenas, Nahum Montt, Miguel Mendoza Luna, Sebastián Pineda Buitrago, Mauricio Loza, Ignacio Piedrahíta Arroyave, Sergio Álvarez, Efraín Medina Reyes, Antonio García, Juan Esteban Constain, Mario Mendoza, James Cañón, René Segura, Diego Fernando Montoya Serna, Ricardo Silva Romero, Juan Pablo Plata, Evelio Rosero Diago, Antonio Úngar, Laura Restrepo, Rubén Varona, Johann Rodríguez Bravo, William Ospina, Juan Diego Mejía, David Alberto Campos, Óscar Perdomo Gamboa, Yesid Morales, Antonio Iriarte, Esmir Garcés, Winston Morales, Antonieta Villamil y muchos otros.

Generaciones recientes en poesía
En las últimas décadas, Colombia ha producido un significativo número de poetas de importancia, de temáticas urbanas y antipoéticas. Entre ellos, brillan los nombres de Federico Meléndez, Andrea Cote, Lucia Estrada, Felipe García Quintero y Sergio Esteban Vélez, cuya obra poética ha sido reconocida internacionalmente, al igual que autores como Juan Darío Cárdenas, Carlos Patiño y Hernándo Urriago Benítez.

Literatura narco o de sicariesca
Durante los primeros años de la década del noventa del siglo XX empezó a aparecer la realidad de la violencia del narcotráfico en la literatura de la época. Títulos como La Lectora Sergio Álvarez de Rosario Tijeras de Jorge Franco y La Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo empezaron a retratar los nuevos miedos y obsesiones que el país había adquirido en esta etapa de la violencia. Las ciudades, a la vez que se convierten en escenario de esta violencia, se convierten en el escenario de estas tramas. Recientemente fueron publicadas obras como El ruido de las cosas al caer3 de Juan Gabriel Vásquez y 35 muertos4 Sergio Álvarez, que hacen una aproximación más extensa, por décadas, en las ficciones, del tema del narcotráfico y su afectación en la vida de los colombianos.


Referencias
Las Nieves la ciudad al otro lado, "El barrio de los oficios y los gremios" págs. 28-31.
 Orejuela, Héctor H., "El desierto prodigioso y prodigio del desierto de don Pedro de Solís y Valenzuela, primera novela hispanoamericana". Bogotá, Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo 68, 1984.