domingo, 18 de marzo de 2012

Literatura Colombiana: Breve recorrido


Los  elementos fundacionales de la literatura colombiana, evocan irremediablemente  los tiempos anteriores a la conquista, es así como hay una ambigüedad de parte de los teóricos a la hora de establecer cuáles fueron las primeras manifestaciones literarias en Colombia. La literatura colombiana, como manifestación de cultura es, tropical y diversa. La lucha constante de los legados español, indígena y negro, y la lucha misma en contra de manifestaciones exteriores, producen en Colombia la constante búsqueda por una voz nacional, aunque sería muy importante primero establecer la búsqueda del elemento fundacional que identifica al pueblo colombiano como  una nación. A continuación, entonces se establecerán algunos de los momentos más relevantes de la historia literaria colombiana.

Literatura indígena
La voz indígena, poblado original Colombia, es paradójicamente la que menos sobrevive. La violencia de los conquistadores y sus esfuerzos por imponer sus costumbres causaron la pérdida de textos legendarios. Algunos de los textos sobrevivientes:
Leyenda de Yurupary. y también carros Narración de origen amazónico, escrita por el indio José Roberto y traducida al italiano por el conde Ermanno Stradelli. Yurupary es un héroe mítico, conocido en Brasil y Colombia.

Literatura colonial
La Época de la Colonia o Época Hispánica estuvo influenciada culturalmente por lo religioso . Para aquel entonces, mediados del Siglo XIX, se empezaban a establecer los primeros asentamientos urbanos, alrededor de las instituciones gubernamentales españolas. El capital económico, político y cultural era propiedad de una pequeña élite, por lo cual la creación de textos literarios provenía en exclusiva de las clases altas.
Criollos, hijos de españoles nacidos en el Nuevo Reino de Granada, y algunos españoles inmigrantes escribieron libros de diversas materias: desde literatura edificante hasta libros de ciencia, desde oratoria hasta historia y literatura. La mayoría de estos libros se publicaron en diferentes partes de Europa, y unos pocos en Lima y México, ciudades que contaban con imprenta desde el siglo XIV.
Los intelectuales españoles y criollos se enfrentaron a un nuevo mundo listo para ser retratado, por eso las primeras manifestaciones literarias sirven mayormente como crónicas, donde se da cuenta de las tradiciones, los quehaceres cotidianos y los hechos heroicos del nuevo continente.
Se destacan:
Juan de Castellanos (Sevilla, 1522 - Tunja, 1607) Sacerdote español, residente en Tunja por más de cuarenta años, autor del más extenso poema jamás escrito en lengua española, las Elegías de Varones Ilustres de Indias.

Juan Rodríguez Freyle. (Bogotá, 1566 - 1642) Autor de la monumental obra crónica El Carnero. De familia acomodada, hizo estudios en el seminario pero no se recibió como sacerdote. Hizo parte de las guerras de pacificación indígena. En la etapa final de su vida se dedicó a la agricultura.
Hernando Domínguez Camargo (Bogotá, 1606 - Tunja, 1659), sacerdote jesuita y escritor. Influenciado notablemente por el gran poeta barroco Luis de Góngora y Argote, haría parte del llamado Barroco de Indias, en donde también se ubica a Sor Juana Inés de la Cruz. Sus obras más reconocidas son su relato épico Poema heroico de San Ignacio de Loyola (1966) y Ramillete de varias flores poéticas (1967).
Pedro de Solís y Valenzuela, autor de El desierto prodigioso y el prodigio de desierto, considerada la primera novela hispanoamericana.1 2
Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla (Bogotá, 1647 - Madrid, 1708) era hijo de un oidor neogranadino y de la hija de un oidor de Quito. Desde muy temprano recibió formación religiosa y ejerció la vida política. Su obra fue recogida en el libro Rhytmica Sacra, Moral y Laudatiria. Al contrario de Domínguez Camargo, era un gran admirador de Francisco de Quevedo y era reticente con respecto al gongorismo, con la excepción de Sor Juana Inés de la Cruz a quien le escribió desconociendo que había muerto. Velasco y Zorrilla asume el nuevo lenguaje americano -sus modismos- con orgullo, por lo que se ha ganado el reconocimiento como 'primer poeta americano'. También se le atribuye ser precursor del neoclasicismo. Se destaca su poema Vuelve a su quinta, ah friso, solo y viudo en donde relata el triste reencuentro del hombre viudo con su hogar y cómo la ausencia de su amada transforma el ambiente para el que llega y para los que están.
Francisca Josefa del Castillo (Tunja, 1671 - 1742). Religiosa tunjana, reconocida como una de las autoras místicas más destacadas de América Latina, llegando a ser comparada con sor Juana Inés de la Cruz.

Literatura de la Independencia
La Batalla de Boyacá selló la independencia de Colombia.
La literatura colombiana durante los convulsionados años de la Independencia, así como todas las antiguas colonias españolas en el continente, se vio influenciada por el ánimo político, lo que determinó el pensamiento y el estilo de los autores criollos.
La literatura colombiana no deja de ser heredera de la hispánica y aquel sabor independentista e inconforme ante el estado de cosas coincide a la vez con el romanticismo en boga que dominaría todo el siglo XIX en Colombia. El de la Independencia se ha considerado como un período de transición entre el Neoclásico y el Romanticismo. Es un Romanticismo incipiente donde aparece la glorificación de la naturaleza americana, la exaltación de la lucha por la libertad, el canto a los héroes, la expresión de sentimientos apasionados.
Se destacan:

José Celestino Mutis (Cádiz, 1732 - Bogotá, 1808). El sacerdote y científico español es bien conocido por sus estudios botánicos y sus dibujos de la flora americana. También hizo estudios lingüísticos sobre los idiomas indígenas nativos. Su obra más conocida es Flora de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada : 1783-1816.
Francisco José de Caldas (Popayán, 1768 - Bogotá, 1816). Apodado El sabio por su erudición, escribió sobre la geografía del país.
Simón Bolívar (Caracas, 1783 - Santa Marta, 1830). El discurso político de entonces, liderado por el propio Libertador, marcaría fuertemente la vida literaria del país.
Antonio Nariño (Bogotá, 1765 - Villa de Leyva, 1823). Nariño representa al intelectual de la época, una figura fundamental en el naciente periodismo republicano, así como un importante actor político y militar. Su traducción de los derechos del hombre lo hizo ser castigado por el gobierno español.
Camilo Torres (Popayán, 1766 - Bogotá, 1816). Abogado, intelectual, político y prócer. Es famoso su Memorial de Agravios, un texto donde criticaba al gobierno español.
Durante este periodo se produjeron obras de teatro por dramaturgos como José María Salazar, José Miguel Montalvo, José Fernández Madrid, José Domínguez Roche.
Luis Vargas Tejada (Bogotá, 1802 - 1829). Fue fabulista, poeta, traductor y el más conocido dramaturgo de la época. Fue autor de varias obras como Sugamuxi, A mis Amigos, A mi lira, Recuerdo de Boyacá, La madre de Pausanias, Doraminta, Catón de Útica y la comedia Las convulsiones, representada en julio de 1828.
En la poesía, se produjeron versos satíricos, versos políticos, así como cantidad de versos en honor a la recién fundada patria.
José Joaquín Ortiz (Tunja, 1814 - Bogotá, 1892). Famoso por su poema "La bandera colombiana", escribe acerca de la patria, la naturaleza y los símbolos nacionales, entre otros.
La decisión unánime de los padres de la patria de proteger y promover el idioma español o castellano en el suelo nacional, evidencia la gran importancia que la época daba a la palabra. De allí que sea Colombia la primera nación hispanoamericana en fundar en 1871 la Academia Colombiana de la Lengua; Ecuador lo hará poco después en 1874 con la Academia Ecuatoriana de la Lengua y Venezuela en 1883 con la Academia Venezolana de la Lengua para completar el cuadro de las naciones neogranadinas e integrarse posteriormente en lo que hoy se conoce como la Asociación de Academias de la Lengua Española (Panamá conformará su propia Academia Panameña de la Lengua por obvias razones en 1923).

El costumbrismo
El mayor interés del costumbrismo era retratar la sociedad decimonónica colombiana (siglo XIX) en sus costumbres. Los costumbristas se ocuparon de señalar los rasgos generales de un pueblo a través de los personajes de sus relatos. En muchos casos, se asumió una postura crítica frente a la sociedad, pues constituye el retrato de los males de una sociedad por culpa del gamonalismo (caciquismo) y las guerras civiles. El costumbrismo no se puede separar completamente del romanticismo, ya que encontramos novelas con tramas románticas con toques naturalistas.
Algunos de los autores más importantes del periodo son:
José Eugenio Díaz Castro (Soacha, 1803 - Bogotá, 1865). Célebre por su novela Manuela, considerada en su época la novela nacional y una de las iniciadoras del género costumbrista en Colombia.
Jorge Isaacs (Santiago de Cali, 1837 - Ibagué, 1895). Su padre era un judío inglés procedente de Jamaica, que se instaló primero en el Chocó y después en Cali, donde se casó con la hija de un oficial de la Marina española. El padre fue propietario de la hacienda "El Paraíso", el escenario de la obra más importante del escritor, su novela María.
Eustaquio Palacios (Roldanillo, 1830 - 1898). Su obra más importante es El alférez real de corte histórico-romántico.
Luis Segundo de Silvestre (Bogotá, 1838 - 1887). Su novela Tránsito relata el encuentro de un joven de la capital, Andrés, y una campesina de la provincia, Tránsito.
Rafael Pombo (Bogotá, 1833 - 1912). Uno de los poetas románticos más importantes del continente, Pombo escribió fábulas célebres como El renacuajo paseador y La pobre viejecita.
Otras obras representativas de este movimiento son La marquesa de Yolombó de Tomás Carrasquilla, además de la extensa obra Reminiscencias de Santafé y Bogotá de José María Cordovez Moure.

El modernismo
El modernismo fue un movimiento literario que se desarrolló entre los años 1880-1910 a lo largo de Hispanoamérica que se caracterizó por una ambigua rebeldía creativa, un refinamiento narcisista y aristocrático, el culturalismo cosmopolita y una profunda renovación estética del lenguaje y la métrica.
José Asunción Silva (Bogotá, 1865 - Bogotá, 1896). Realizó su educación de forma autodidacta desde que abandonó los estudios en 1878. Viajó a París y vivió en Londres y en Suiza. Se suicidó tras el fracaso del negocio familiar y las consiguientes deudas, la muerte de su hermana y de su abuelo y la pérdida de gran parte de su obra en un naufragio. Lo más recordado de su obra son los Nocturnos.
José María Vargas Vila (Piedras, Tolima 1860 - Barcelona, 1933). Uno de los personajes más polémicos de principios del siglo XX en América, se caracterizó por sus ideales liberales radicales y la consecuente crítica contra el clero, las ideas conservadoras y la política imperialista de Estados Unidos.


Los nuevos
Los nuevos o los antiguos es un movimiento que contesta con la ironía, los vestigios del romanticismo y del costumbrismo precedente y que abriría las puertas al nuevo siglo, sobre todo en la década de los 20. El movimiento tiene por fundador al poeta antioqueño León de Greiff. Las características de este movimiento son: la negación del pasado, el amor por lo feo, la oscuridad, el romanticismo escondido, y el misterio, entre otras.

Piedra y cielo
El siglo XIX avanzaba en occidente al paso veloz de la industrialización, la literatura en Colombia como en Latinoamérica bien pronto se enriqueció con el surgir de movimientos que abrirían el abanico de las letras. De la década de los novísimos, se crea el célebre grupo de Piedra y cielo (1939) con personajes como Eduardo Carranza, J. Rojas, A. Camacho Ramírez, G. Valencia, C. Martín, T. Vargas Osorio y Daniel Samper. Rinde homenaje al poeta Juan Ramón Jiménez. Esta inspirado en la tradición clásica española, con voluntad de orden ante los excesos vanguardistas y creando el movimiento "piedracelista". Organizado como editorial, el grupo publicó los Cuadernos de Poesía de Piedra y Cielo.

El nadaísmo
El nadaísmo, fundado en los años 50 por Gonzalo Arango, fue un movimiento nacido de una época convulsa bajo la sombra de la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla. Su nombre recuerda el nihilismo y el dadaísmo y entre sus precursores están Gonzalo Arango, Eduardo Escobar, Jaime Jaramillo Escobar, Jotamario Arbeláez, entre otros

La generación del boom
Todo ese camino literario en Colombia, así como en todo el mundo hispanoamericano, llevaría entonces a lo que hoy se conoce como el boom latinoamericano, del cual hizo parte el premio nobel de literatura de 1982 Gabriel García Márquez. Hace parte del llamado realismo mágico y del movimiento de la literatura latinoamericana.
Por el mismo tiempo aparece Andrés Caicedo, quien no sólo estaba distanciado geográficamente del boom, sino que sus obsesiones eran más cercanas a la cultura relacionada con el cine y el rock n' roll, retratando problemáticas sociales urbanas y juveniles.

Generación desencantada
En realidad esta generación agrupa una franja amplia y ambigua de escritores, poetas posteriores al nadaísmo que comenzaron a publicar hacia la década de 1970. Poetas como Giovanni Quessep,Harold Alvarado Tenorio, Juan Gustavo Cobo Borda, Elkin Restrepo, José Manuel Arango, Juan Manuel Roca entre muchos otros, han sido clasificados en ella, aunque son más las diferencias de estilo, temática e incluso de ideología las que los separan.

Generaciones recientes
Algunos escritores como Cristian Valencia, Alberto Salcedo Ramos y Jorge Enrique Botero, han hecho periodismo literario; el segundo con una biografía sobre Kid Pambelé y el tercero con los libros Últimas noticias de la guerra y Espérame en el cielo, capitán. Ambos son una suerte de herederos de Germán Castro Caycedo y el mejor periodismo latinoamericano. En cuanto a narrativa, destacan nombres como Rafael Chaparro Madiedo, autor de Opio en las Nubes, novela que se ha hecho célebre por sus personajes, su temática alusiva al rock y su narrativa fragmentada y experimental. Héctor Abad Faciolince, Santiago Gamboa, Juan Sebastián Cárdenas, Nahum Montt, Miguel Mendoza Luna, Sebastián Pineda Buitrago, Mauricio Loza, Ignacio Piedrahíta Arroyave, Sergio Álvarez, Efraín Medina Reyes, Antonio García, Juan Esteban Constain, Mario Mendoza, James Cañón, René Segura, Diego Fernando Montoya Serna, Ricardo Silva Romero, Juan Pablo Plata, Evelio Rosero Diago, Antonio Úngar, Laura Restrepo, Rubén Varona, Johann Rodríguez Bravo, William Ospina, Juan Diego Mejía, David Alberto Campos, Óscar Perdomo Gamboa, Yesid Morales, Antonio Iriarte, Esmir Garcés, Winston Morales, Antonieta Villamil y muchos otros.

Generaciones recientes en poesía
En las últimas décadas, Colombia ha producido un significativo número de poetas de importancia, de temáticas urbanas y antipoéticas. Entre ellos, brillan los nombres de Federico Meléndez, Andrea Cote, Lucia Estrada, Felipe García Quintero y Sergio Esteban Vélez, cuya obra poética ha sido reconocida internacionalmente, al igual que autores como Juan Darío Cárdenas, Carlos Patiño y Hernándo Urriago Benítez.

Literatura narco o de sicariesca
Durante los primeros años de la década del noventa del siglo XX empezó a aparecer la realidad de la violencia del narcotráfico en la literatura de la época. Títulos como La Lectora Sergio Álvarez de Rosario Tijeras de Jorge Franco y La Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo empezaron a retratar los nuevos miedos y obsesiones que el país había adquirido en esta etapa de la violencia. Las ciudades, a la vez que se convierten en escenario de esta violencia, se convierten en el escenario de estas tramas. Recientemente fueron publicadas obras como El ruido de las cosas al caer3 de Juan Gabriel Vásquez y 35 muertos4 Sergio Álvarez, que hacen una aproximación más extensa, por décadas, en las ficciones, del tema del narcotráfico y su afectación en la vida de los colombianos.


Referencias
Las Nieves la ciudad al otro lado, "El barrio de los oficios y los gremios" págs. 28-31.
 Orejuela, Héctor H., "El desierto prodigioso y prodigio del desierto de don Pedro de Solís y Valenzuela, primera novela hispanoamericana". Bogotá, Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo 68, 1984.

jueves, 8 de marzo de 2012

EL BESO DE LA NOCHE

Las mujeres de Aspasio



Pablo Montoya Campuzano



1


La historia ocurrió por los años cuarenta. Aunque es probable que haya pasado en décadas posteriores. No me extrañó encontrarme con una versión que ubica los acontecimientos que rodean la vida de Aspasio en nuestros días. Mi madre la situaba en el tiempo en que José hacía su práctica de medicina forense. El marco del relato era sugestivo. José llega cansado del anfiteatro. Mi madre le sirve la comida. Viven entonces en una casa, por los lados de La América. Hablan de la violencia que recorre las tierras de Antioquia. Más tarde se acomodan en la cama y mi madre empieza a leer pasajes de un tratado de obstetricia. Esa era la manera en que José memorizaba lo aprendido. Su lectura siempre fue torpe y sólo podía retener con exactitud lo que escuchaba. Hay algo, no obstante, que molesta su concentración. Un olor fétido se interpone a cada frase pronunciada. De pronto, mi padre se levanta, lleva una de sus manos a la nariz y aspira. Se dirige al baño donde vomita varias veces. Al regresar a la cama, mi madre le pregunta si está enfermo. La respuesta es negativa. Es un pedazo de carne, dice José, que se me ha quedado entre la uña. Explica que ha trabajado toda la tarde en el cadáver de una mujer joven. Y eso te ha hecho vomitar, inquiere mi madre incrédula. Claro que no, contesta él. Es entonces cuando relata la historia de Aspasio.


2


Venía del campo huyendo de las masacres cometidas por los conservadores. Su infancia transcurrió en riscosas fincas de café. Una mañana, eran ya los días de la última adolescencia, su madre lo mandó al pueblo a comprar panela, arroz y carne. Aspasio no regresó. Días después reconoció los cadáveres en un patio de la inspección de policía. No reaccionó con exageraciones ante el descuartizamiento de sus hermanas. Dijo que esa cabeza sin ojos y con la lengua que le bajaba como una corbata desmesurada pertenecía a su madre. Pero no exorbitó la mirada, ni pronunció quejas, tampoco emitió amenaza alguna. Más tarde fue a Medellín y, parece, hizo varios trabajos antes de encontrar el empleo del anfiteatro. Éste quedaba entonces en la Facultad de Medicina y era una sala destinada a la práctica de los estudiantes. Las pocas personas que creyeron conocer a Aspasio lo definieron como un hombre servil. Tal vez en lo más hondo de sí mismo, y esto nunca le ocasionó tropiezo, comprendía que lo suyo era obedecer. Es posible que por tener esa mansedumbre, nadie sospechara sus inclinaciones. En el anfiteatro ejecutó labores de limpieza y vigilancia. Siempre se le vio con una ruana que se ponía apenas iniciaba la jornada. Una boina le tapaba el pelo escaso. Los pantalones siempre fueron negros y de pliegues y ninguna talla le quedaba bien. El trabajo lo dotó de un revólver y un bolillo que nunca usó. Prefería guardarlos en un cajón. Lo único que bebía en las noches, y en este detalle también coinciden las versiones que consulté, era un café cerril que lo mantenía despierto hasta el amanecer. Indagué, tanto con los conocidos de un Aspasio como del otro, y concluí que nunca consumió licor. En medio de repuestas, casi todas monosilábicas, supuse que sonreía pocas veces. José, eso dijo mi madre, comentaba que sólo debía hacerlo cuando descubría algunos de los cuerpos. Una sonrisa lánguida que se iniciaba en su mirada al ver la piel de las muertas.


3


La mujer parecía dormida y un gesto de placidez marcaba su rostro. Poseía algo, tal vez en el mentón, acaso en las mejillas, quizás en las cavidades de la nariz, que la emparentaba con un adolescente. El pelo negro, recogido en una trenza mojada, hacía pensar en caballos airosos. El cuello mostraba una serie de máculas que remitían no a golpes, sino a la descomposición que ya se estaba gestando. El resto del cuerpo, desde las clavículas que brillaban con un matiz opalino hasta los pies pequeños, estaba cubierto por un plástico. A Aspasio lo acogió la desazón al verla en una de las planchas. Creyó que estaba alucinando, motivado por el contraste entre la belleza del rostro y la sordidez del sitio. Una cuchillada de escalofrío le recorrió la espalda. El anfiteatro poseía, en esas horas de la madrugada, un silencio rotundo. Los pasos del celador resonaban con nitidez. La rutina de sus jornadas no era muy compleja. Aspasio la iniciaba dando una vuelta por los derredores. Si lo creía indispensable, arrancaba con las manos la maleza que se formaba a los lados del sendero de la entrada. Luego, en la garita de la vigilancia, leía periódicos viejos en tanto llegaba la medianoche. Dejaba que las campanas de una iglesia próxima sonaran, y salía a recorrer la sala. Aunque primero miraba las planillas donde se apuntaban el ingreso y la salida de los cadáveres. Con estos detalles, observaba el estado en que habían quedado los cuerpos después de las operaciones. Esta revisión la hacía como si fuera el preámbulo para lo que venía después. Si el caso lo pedía, Aspasio completaba el aseo que algunos estudiantes de medicina descuidaban. Eran, por lo general, medidas de limpieza que realizaba con aire concentrado. Debía borrar las huellas de sangre en los bordes de las planchas, en el piso y en las paredes. Tenía que cubrir, a su vez, los cuerpos con unos plásticos que en algo mermaban la velocidad de la putrefacción. Aspasio no escatimaba esta parte de su faena. Es más, era exagerado en los cuidados que prodigaba a los cadáveres. Así el estado de envilecimiento orgánico fuera extremo, distribuía su atención con espíritu equitativo. Una de las cosas que ejecutaba sin falta era procurarse un trapo mojado con agua y formol. Con él limpiaba aquellas partes del cuerpo no estropeadas por la herida que había ocasionado la muerte o producido el escalpelo. Cuando reconocía, por fin, la presencia de una cierta higiene, trapeaba el piso y regresaba a la garita. Allí tomaba café y se quedaba mirando por largo tiempo algún rincón del cuarto. Después volvía a la sala. No había temblor en sus manos, ni manifestación asustadiza en los ojos, y su corazón latía con una fuerza siempre controlada. Sólo un ligero aumento en la secreción de la saliva y un vacío que iba ampliándose en su bajo vientre. Durante un rato observaba los semblantes de la muerte. Y sólo cuando le correspondía el turno al cuerpo determinado, lo cargaba con movimientos precisos y lo ponía sobre la ruana que, unos segundos antes, había extendido en el suelo.


4


Cuando visité el anfiteatro de la carrera 65 para mirar sus archivos —el de la Facultad de Medicina había desaparecido tiempo atrás—, encontré una variante de la historia. Como me lo había advertido la persona que me brindó el permiso para revisarlos, los documentos eran monótonos en las descripciones necrológicas. Una mezcla de términos forenses, estadísticos y judiciales pretendía definir la muerte en gruesas carpetas empolvadas. Pero nada más lejano al misterio de la interrupción de la vida que anotaciones esquemáticas de cuchillos en estómagos, de balazos en pechos, de golpes en cabezas. Ni siquiera vi la sombra de Aspasio en los archivos. Quizá la memoria del anfiteatro se empecinaba en conservar una imagen honorable y por ello había expulsado de su historia las huellas de ese hombre que había deambulado por los ámbitos mortuorios de la ciudad. Sentí decepción porque así se negaba uno de los perfiles más oscuros y, tal vez, más atractivos de Medellín. Sin embargo, me topé en los archivos con otro rasgo de la intemperancia humana. Poco antes de hablar con una de las secretarias, que me ofreció su colaboración, leí el caso de una muchacha de catorce años que había ingresado al anfiteatro. La fecha coincidía con el año en que José siguió su práctica forense. Concluí entonces que el caso había sucedido en el viejo anfiteatro. Sin embargo, a pesar de su traumático encanto, lo que le había pasado a la adolescente nunca lo escuché en el círculo oral de mi familia. La mujer entró en la lista de las muertes violentas en el mes de octubre de 1949. Estuvo varios días sin ser reclamada. En verdad, nadie se ocupó de ella y sus huesos sin nombre terminaron en una fosa común. Yo, por supuesto, matizo una historia que en la carpeta respectiva sólo es una indicación anónima y una sucesión de descripciones de órganos y sintomatología patológica. El caso de la muchacha, empero, demuestra el extravío que a veces consuma la humanidad. Ella no tenía ningún rasgo de dolor ni gestos amedrentados en su cara. Tampoco había hematomas o contusiones en las partes visibles del cuerpo. Éste, más bien, conservaba erguidos los senos y tensa de vitalidad la piel del vientre y de las nalgas. Sólo una autopsia posterior encontró un palo de escoba que alguien le había introducido por el ano. La pregunta que me hice entonces, al imaginar que los ojos de Aspasio pudieron ver la cara de esa durmiente destrozada, fue si la convirtió en una de sus mujeres.


5


La secretaria era proclive a la conversación. Temí incluso que lo narrado por ella cayera en el terreno de la fantasía. Trabajaba en el nuevo anfiteatro desde hacía años. Daba brega creer que el tránsito por las moradas de una burocracia mortecina no hubiera estropeado del todo la locuacidad de una mujer que poseía algunos atractivos. El que más recuerdo, repito, fue esa amabilidad desbordada que contestaba a mis preguntas. Respuestas que eran relamidas por una boca pintada de labial rojo mientras sus ojos se clavaban en los míos. Parecía una secretaria simple, pero empleaba palabras que desentonaban en su trato coloquial. Como si con ello pretendiera otorgar un regusto exquisito a la conversación de una funcionaria de los mundos bajos. Salíamos del anfiteatro y tomábamos algo en una cafetería cercana a la iglesia. Por razones de su trabajo nuestra plática no se prolongaba más de media hora. El Aspasio de su relato, comparado con el que yo conocí en mi infancia, era un poco más exuberante. Se aproximaba, empero, al de la memoria oral que recorría a Medellín. La secretaria se cruzaba con él varias veces en las mañanas o al inicio de las noches. El carácter taciturno del Aspasio antiguo, aquí se volvía jovial. Éste era hablantinoso y lanzaba frecuentes chistes. Además, no se veía desmañado y su atuendo se reducía a bluejeans y a camisas de colores vivos que siempre llevaba por fuera. De hecho, la secretaria había departido con Aspasio diálogos no exentos de risas. ¿Y de qué hablaban?, pregunté. Pues de muertos de qué más, contestó ella haciendo un gesto incómodo. A la funcionaria le parecía normal, de alguna manera, que su compañero de trabajo le hiciera bromas fúnebres. ¿Y a qué se referían ellas?, volví a preguntar. No sé, contestó, a veces me decía que le gustaba mirar la desnudez de las occisas. Pero todo se presentaba en una atmósfera que permitía los deslizamientos jocosos de la perversidad. Incluso, me llegó a contar, finalizó esa vez la secretaria, que se excitaba pensando en algunos cuerpos que le deparaban sus jornadas nocturnas.

6


Cuando la acostó sobre la ruana, la mujer dejó caer con suavidad un brazo sobre el vientre. Por ninguna parte se veían indicios de violencia. El bisturí no había rasgado ningún tejido. Y por más que buscaba en el cuerpo, Aspasio no hallaba los vestigios de la herida o del golpe. La cautela de su búsqueda se interrumpía a cada instante por el deseo de contemplar la hermosura del rostro y la perfección de una anatomía que no guardaba vínculos con la corrupción. Aspasio sentía una mezcla de rabia y de ternura frente a esa paradoja. Pero era justamente la presencia de lo sublime en medio de la desolación, y de la pureza habitando lo pútrido, lo que lo estremecía. Pasó sus dedos, como si estuviera detectando una imposible vibración de la vida, cerca del pelo y luego los bajó por la frente. Con la yema del índice izquierdo rozó la nariz, los labios y el mentón. Luego hizo dibujos concéntricos en las clavículas, en el escondido esternón, en la areola de los pezones. Fue entonces cuando, debajo del seno derecho, vio el agujero. Alguien había introducido un estilete hasta llegar, sin duda, al corazón. Aspasio metió y sacó varias veces, con lentitud, el dedo en el ombligo. Después miró el pubis. Era insípido y el surco de vellos que bordeaban los labios entreabiertos tenía un aire de desorden triste. Acercó la nariz y olió la acidez que persistía. Aspasio resopló con fuerza. Había algo de llanto y de grito que intentaba salir de su boca, mientras con los dedos hurgaba en su propio sexo. Cuando alcanzó la erección buscó las sensaciones de la frialdad. Pasó su pene por entre la boca que en vano intentaba succionar. Por entre los senos que en vano trataban de moverse. Por entre los glúteos que en vano procuraban la tibieza. Pero Aspasio sabía cómo orientar su placer. Se metió la boina en la boca y la mordió cuando entró a la cavidad. Cabalgó durante minutos sobre el vacío, entre una maraña de imágenes irresolutas. Hasta que el vértigo de su soledad se extendió, blanquecino y deslumbrante, por el vientre de la mujer.


7


El fin de Aspasio se diseminaba también en diversas conjeturas. No era advenedizo otorgarle un destino de súbita desaparición. Un personaje así merecía el anonimato de una existencia ajena al interés de los otros. Sus pasos pudieron haberse perdido en la geografía neblinosa de un pueblo antioqueño. Nada raro que Aspasio hubiera pasado sus últimos años cuidando una finca cafetera. Así gustaba imaginarlo José cuando esas mujeres, amadas en la muerte, asediaban sus recuerdos de estudiante de medicina. Otros, en cambio, se referían al manicomio de Bello. Adónde más, gustaban decir con desdén, podría ir un demente de semejante calaña. Pero mis pesquisas en esa dirección fueron infructuosas. Había varios necrófilos, por supuesto, encerrados en esa espantosa cárcel bucólica. Pero nadie obedecía a las señales del hombre del anfiteatro. El de la secretaria, por otro lado, se sumergía en un villorrio de la costa Atlántica. Aunque antes, eso dijo ella en la cafetería, estuvo trabajando de portero en un condominio de Envigado. Inútiles fueron mis intentos de localizar su rastro en ese sector de la ciudad. Poco antes de cerrar la investigación sobre Aspasio, fui a buscar a la secretaria. Quería verificar con ella algunos detalles relacionados con los hábitos de su compañero de trabajo. Quería darle una copia de mi crónica que sería publicada pronto. Me dijeron que la mujer se había tomado unas vacaciones. Al salir del sitio, era el final de una tarde de octubre, alcancé a ver la figura de un hombre en la garita de la vigilancia. Alto y flaco, su palidez lindaba con la demacración. Nuestros ojos se cruzaron y sus cejas se levantaron para responderme al saludo. Me aventuré a pensar que la historia de Aspasio, como la de Edipo, como la de Hugolino, como la de Orestes, se repetía en lo esencial. Me acerqué y le pedí fuego para mi cigarrillo. Me obsequió la candela. Entre tanto tuve el tiempo para observar el entorno. Al lado de una mesa vi el termo de café y algunos periódicos amontonados. En la única silla que había, estaba la ruana. No era extraño que un celador de Medellín tuviera esas cosas. Necesita permanecer despierto y guarecerse del frío de las madrugadas.



Pablo Montoya Campuzano
Nació en Barrancabermeja en, 1963. Músico, Filósofo, Maestro y Doctor de la Universidad de Sorbonne Nouvelle (París III), actualmente coordina el doctorado en Literatura de la Universidad de Antioquia. Publica artículos sesudos en periódicos y revistas de América y Europa. Y además, para desconcierto de todos, ha publicado libros de cuentos, de ensayos, prosas poéticas y dos novelas, La sed del ojo y Lejos de Roma. Por algunos de ellos ha recibido importantes reconocimientos y premios. En 2005 recibió el Premio a la creación como cuentista otorgado por la Alcaldía de Medellín, porRéquiem por un fantasma. En 2007 fue merecedor a la Beca de Creación Modalidad Cuento, de la Alcaldía de Medellín.


John Jairo Echavarría Cañas

miércoles, 29 de febrero de 2012

El corazón delator


MUCHACHOS, RECUERDEN LEER EL CUENTO Y APLICAR LOS ELEMENTOS DE LA NARRACIÓN VISTOS EN CLASE.





El corazón delator
Edgar Allan Poe
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
FIN










Disfrútenlo.

John Jairo Echavarría  Cañas

domingo, 19 de febrero de 2012

Acercamiento a los Estudios Literarios

La idea es que con base en la lectura del texto, elaboren preguntas a éste y a sus autores, concibiendo el proceso lector de manera interactiva y participativa. Dichas incertidumbres, serán planteadas en los cuadernos de cada uno. Recuerden que la lectura implica un proceso conciente y disciplinado, donde habrá que leer varias veces hasta lograr acercarse a la comprensión, no olviden el uso del diccionario. 

Queridos estudiantes:

             Se considera entonces que para hablar sobre literatura, primero, hay que comprender a qué se refiere ésta, por esta razón, se hará un corto recorrido histórico y conceptual con la finalidad de dar cimiento teórico y epistémico a algo que es relativizado en el tiempo y que es de difícil definición.

             La literatura como referente estético, es un fenómeno que siempre ha estado con el hombre, por lo menos desde que el lenguaje surgió, ya que desde la oralidad se incursiona en un mundo diferente donde el ser humano puede evocar, representar y enunciar hechos pasados e imaginarios. Y es que es a partir de la oralidad que la literatura surge, tanto en la antigüedad como en la historia más reciente del mundo de occidente, como fue el caso de los cantos del Roldan, los cuales se dieron en Francia y de muchas otras obras o cantares que reflejaron y embellecieron la idiosincrasia de los pueblos europeos, algunos de ellos fueron: Cantar de los Aliscanos (Francia), Cantar de los nibelungos (Alemania), el Cantar de las huestes de Ígor (Rusia) y el Cantar de Mio Cid (España), el cual constituye el legado más antiguo de la lengua castellana, siendo España especial aventajada sobre las demás naciones, por conservar casi completa esta epopeya, en la cual se muestra al héroe como el reflejo de los valores e ideologías de la comunidad, siendo un elemento formador de una sociedad y de unas personas identificadas en él y la obra. Es de esta manera que la literatura es utilizada y pensada como una herramienta formadora no sólo de hombres sino también de pueblos, de  naciones, donde la identidad de éstos juega un papel relevante en la evolución inmediata o a largo plazo de un país.

             Sin embargo, la literatura como objeto de estudio sólo es posible registrarla desde los griegos, ya que, ellos fueron los primeros que centraron sus estudios en dicho fenómeno, más en la oralidad que en la escritura, donde el logos deambula por los entes poetizando y haciendo del discurso una alameda de cantos, danzas y alabanzas.

             En este orden de ideas, Platón y Aristóteles fueron los primeros que hablaron y se centraron en el análisis literario, el primero consideraba  que la literatura existía cuando había un relato, es decir una diégesis, además ésta era concebida para él como un medio para lograr unos fines determinados. Así pues, para Platón había otro elemento que era indispensable, éste era la mímesis, la cual consistía en el hecho de imitar, Platón llamó a estos conceptos modos de enunciación, donde la mimesis para él era considerada como funesta en el sentido en que no permitía que cada individuo tuviera una función particular. Sin embargo, Platón en el capítulo III de La República, habla de la función mimética de la narración, donde lo evocado hace alusión a hechos épicos y de personajes victoriosos y divinos, siendo así de esta forma un hecho excluyente y clasista. Para Platón este fenómeno debía tocar a todos los miembros de una sociedad, aunque el sentido del momento fuera formar para la guerra.

             Por otra parte, Aristóteles es considerado como el primer precursor de la literatura, sólo que este concepto no era identificado como se conoce hoy, sino que él le daba el nombre de la poética.

             En La Poética de Aristóteles, en los 5 primeros capítulos, se identifica la búsqueda de la literatura, él también consideraba la mimesis como elemento fundamental, sólo que desde diversas formas, las cuales se referían a la poesía.

             De los diferentes géneros literarios, el dramático era el más relevante para Aristóteles, especialmente la tragedia, ya que ésta originaba una catarsis (purificación) en los espectadores siendo así el elemento fundamental evocado muchas veces hacia el aprendizaje y la formación. Para  Aristóteles, la tragedia es la evolución máxima de los géneros literarios. En ésta, la imitación (mimesis) está orientada hacia las acciones de los mejores, en este sentido Aristóteles consideraba que la belleza era un elemento de la nobleza y las divinidades.

             El autor creía que por medio del arte el hombre podía acercarse a ciertas acciones que son repugnantes, donde la acción de purificación es ocasionada por la representación e identificación de los espectadores en la obra.

             En cuanto a la poesía, ésta era considerada como creación, representación y como arte mimético. En este sentido,  es importante la relación que la poesía tiene con la realidad, puesto que la exalta, en sus dolores y glorias, como un puente de remembranza y de posesión o identificación con lo que la historia representa en el hombre.

             En La Poética Aristóteles expresa que la poesía se origina con la unión entre la armonía, el ritmo y el deseo de imitar, lo cual da cuenta de los fundamentos antropológicos de la poesía, donde el hombre tiende a imitar y a representar, siendo ésta última un medio de aprendizaje. Desde La Poética se propone una visión teleológica  de la poesía, ya que, para Aristóteles y para otros filósofos, el universo era explicado desde las causas (géneros literarios). En la palabra, se consideraba que estaba la herramienta para imitar las acciones humanas o divinas. Además, Aristóteles creía que la poesía no dependía de la forma y que por el contrario no todo lo que estaba en verso era poesía.

             Aunque las primeras reflexiones acerca del hecho literario se hayan pensado en Grecia, sólo es hasta los formalistas rusos que se moldea el concepto de literatura tal cual se conoce en la actualidad. Esta situación es pensada y reflexionada por los OPOIAZ,  de los cuales se retomará a Jakobson, puesto que éste fue uno de los principales  precursores del estudio de la literatura en la época moderna.

             En Lingüística y Poética (1958), Jakobson hace alusión a una conferencia dada en la Universidad de Indiana. Allí aborda lo lingüístico y lo literario, bajo la primicia de qué es la literatura,  plantea lo lingüístico debido a que desde la influencia de Ferdinad de Saussure, en la lingüística era necesario abordar la literatura desde allí, puesto que son dos elementos que comparten el uso de la palabra.

             En dicho discurso también introduce la cuestión poética. Sin embargo, hace una distinción de este concepto con relación al planteado por Aristóteles, donde sufre una resemantización y pasa a ser una cuestión sobre el estudio literario. Jakobson tiene como objeto señalar las diferencias del acto verbal de las demás artes y plantea que la poética no está ligada a las cuestiones de valoración. En este orden de ideas, el especial interés por la forma, que la diferencian de otros discursos, es lo que Jakobson llama función poética, la cual se centra en el mensaje. Así pues, la Poética desde los formalistas es la ciencia que estudia el fenómeno literario.

             Para Jakobson estos estudios eran de carácter sincrónico, lo cual se oponía a las concepciones que hasta el momento estaban establecidas y en este sentido y desde la estructura literaria de los formalistas, se les critica que la parte del contenido fuera subordinada por la forma, originando de esta manera, la coyuntura entre la forma y el contenido

             Tiempo después y como análisis literario, Eagletón (1999) en Introducción a la Literatura propone algunas posturas en su afán por definirla, él consideraba como primer postulado el hecho ficticio como elemento  indispensable en la literatura, puesto que los mundos creados desde este discurso siempre serán elementos de la ficción; sin importar que estén basados en la realidad, cuando pasan al texto no son más el hecho real, sino que  se convierten en un hecho ficticio, son otros mundos, aunque tocados, matizados e incididos por la carga material y semántica del mundo de la vida y de las diferentes imágenes que los individuos y los colectivos forjan y apropian como patrimonio cultural.

             Para Eagletón, la literatura no puede ser definida sólo desde lo lingüístico, por lo cual su postura choca de frente con los postulados de los formalistas rusos, y por el contrario abre otra senda acerca de la definición de lo literario. Él considera que acercarse a dicho concepto implica aceptar que éste es un producto de la ideología social, ya que  en Introducción a la Teoría Literaria, manifiesta que dicha concepción debe ser perdurable o modificable en el tiempo y así mismo las diferentes expresiones artísticas, más hacia lo perdurable; él también habla de la universalidad de las temáticas, hechos y personajes a la hora de definir este fenómeno y como última primicia comparte la idea de que el uso del lenguaje debe ser primordial a la hora de definir lo literario, sin embargo cree que no es la única concepción así como lo planteaban los formalistas rusos.

             Así como se ha visto en esta disertación, la literatura es una experiencia que puede tener muchas interpretaciones e idealizaciones, sin embargo los anteriores han sido los autores más influyentes en la definición de dicho elemento, y en este sentido hay una idea básica del hecho literario y de lo que implica éste en los procesos comunicativos que se dan en el aula o en cualquier espacio donde dos o más personas interactúen, claro está desde las concepciones occidentales sobre dicha temática.

VOCABULARIO

  • Epistémico: Referente a la epistemología, donde se reflexionan los fundamentos y métodos del conocimiento científico (ciencia)
  • Epopeya: Manifestación literaria caracteriada por estar escrita en verso y por representar a un pueblo o nación desde la cosmovisión de un héroe, el cual representaba los intereses de dicha nación. Su periodo de escritura perteneció a la edad media alrededor del siglo X en adelante.
John Jairo Echavarría Cañas

lunes, 16 de enero de 2012

Aquel invierno...

Mis ojos como glaciares en deshielo,
se desnudan anunciando la llegada,
del dolor que oprime el pecho,
de la triste e inevitable anegada.


La creciente que recorre mis mejillas,
ha dejado su marca desbordada,
como Armero mis labios han quedado,
sepultando caricias y miradas.

Luego de tanta destrucción,
luego de la desesperanza,
se secan ya las acequias,
se secan ya las miradas.


Solas, quietas y en silencio,
han quedado las estepas de mi cara,
después de aquel invierno,
aquel triste invierno de mi comarca.

John Jairo

lunes, 18 de julio de 2011

Gorgonas parte I

Gorgonas Parte II


Recuerden ver las dos partes del cortometraje

Este es un cortometraje del autor de comic e historieta argentino Salvador Sanz. La manera en que mantiene la tensión durante todo el cortometraje es fantástica, lo cual desde la teoría del cuento de Cortázar corresponde a la intensidad, a pesar de ser una manifestación cinematográfica no deja de lado las cuestiones teóricas del relato, a la vez que evoca y adapta en una época moderna la historia de las gorgonas griegas, de las cuales la más conocida es Medusa.

                                                      John Jairo Echavarría Cañas